Edición del día Viernes 5 de Octubre de 2007

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Billetera mata galán

 

Viajé de Guayaquil a Lima a la tarde del 26 de agosto, cuando ya anochecía. Llegué a las 10 de la noche y seguí viaje a San Isidro en un auto de la emisora que me acercó hasta un departamento en la avenida Angamos y Francisco Tudela. Cuando llegamos, cerca de las doce de la noche, no había portero ni nadie que supiera qué hacer para entrar. El chofer era un tipo divertido y metedor, de esas personas que uno contrataría para lo que sea. Debía tener ganas de irse a dormir porque apretó sin piedad todos los botones del intercomunicador de la puerta de calle. Solo contestó una señora que le dijo, con la paciencia de una santa, que no había portero ni modo de abrir ese departamento que no fuera con la llave. Llamé por teléfono a la radio: en la guardia tenían un sobre con mi nombre. Fuimos para allí. Adentro había un mapa, un juego de llaves y 400 soles. Volvimos al departamento. Después de varios intentos conseguí abrir la cancela y despedí a mi amigo el chofer. Pero en la puerta del 3º A, no hubo caso: no pude abrirla ni girando la llave a la inglesa o a la francesa. Por hacer palanca casi la rompo. Maldije la idea de mis anfitriones de instalarme en un piso por tres días locos.
Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel, con mis valijas a cuesta y un sueño feroz. No pasaba ni un alma por la calle, así que busqué el mapa para averiguar cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro, donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. El taxista me porfió que debía dársela a él y que era su botín. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos los tesoros son del que los encuentra y del dueño del inmueble solo si no son robados ni perdidos: el taxi se movía y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la madrugada cuando llegamos al hotel y le pedí intervención al agente de seguridad ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. Por suerte había lugar y pude dormir unas cuatro horas por 200 dólares que me chuparon de la Visa. Antes le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera. A la mañana, la misma conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.
"Billetera mata galán", es un dicho bien porteño: explica con crudeza que cuando hay billete, en el juego de la seducción se acaba la galantería. No habla bien de las mujeres de Buenos Aires, pero es una realidad casi siempre incontrastable, tanto que la excepción que les asombra es el éxito del seductor pobre, por más buena pinta que tenga. Y la billetera parece ser ahora el principio elemental de la política en el continente, como pasó con mi taxista de Lima, desesperado por una cartera con cincuenta soles. Gana el que tiene la caja: el que recauda y administra los fondos del Estado. Ese es el palacio que ahora importa asaltar y retener: con esa caja los gobiernos compran voluntades y desheredan al infiel. Al rebelde se le corta el chorro y pierde las prerrogativas del billete. Y quedarse sin dinero en las democracias sudamericanas implica la pérdida del poder y de las próximas elecciones, porque sin plata no se puede mejorar la vida de la gente ni hacer campaña: la muerte política. Por eso los únicos que pueden hacer frente a la nomenklatura son los millonarios: lástima que para casi todos ellos la política es un paraguas para sus otros negocios.
Agrava las cosas que el Gran Hermano espía ahora nuestras propiedades desde el cielo con una lupa descomunal. Sabe si cosechamos este año o si anduvimos secos. Escruta nuestras cuentas bancarias, el registro de la propiedad y el de los automóviles. Conoce a dónde vamos de vacaciones e inspecciona cada movimiento de nuestra tarjeta de crédito. Los avances tecnológicos están poniendo difícil escaparle a la vigilancia del Estado omnipresente. Y eso es bueno para la administración de los ciudadanos cuando el gobierno es honesto, pero lamentable cuando se torna despótico como el que describió George Orwell en 1984. Entonces cobra impuestos por partida doble o triple, presiona y acosa hasta dar vuelta nuestros bolsillos y después, con nuestro propio dinero, nos sojuzga, nos impone leyes arbitrarias y nos lava el cerebro. La billetera es una corrupción de la democracia que no tuvo en cuenta don Aristóteles. Ante ella, la única escapatoria que nos queda es convertirnos en hippies o gitanos. Quizá no sea una mala idea.

Por Gonzalo Peltzer
Director “El Territorio”