Osununu
La coleccionista
Sábado 9 de junio de 2012 |
Yo pispeaba mansamente, como lo haría un turista, los titulares de los diarios en un kiosco. Se acercó una anciana, como a preguntarme por una calle, pero no; ofrece dólares. Y como un zaguero de la selección alemana un gordo entorpece el mercadeo. “Ya le dije, señora, que no se puede vender dólares en la vía pública” la previno en pleno Reconquista y Bartolomé Mitre, brava coordenada de la city porteña, que por lo inflamable parece una esquina de Jesuralén en pleno Wall Street.
La vieja parece inmutable, echa apenas un reojo bajo su gorrito de lana, y espeta con desdén aristocrático: “¡qué guarango!” El sabueso de la Afip, como si no tuviese ya alma, se adentra por Reconquista, calleja que lleva al Infierno, y yo - no me queda otra que intentar un desagravio - paro al tún tún a un cafetero ambulante, y la invito un cortado, allí donde se levantan las gélidas sombras de los Altos Bancos.
Los vasitos de plástico humean su vaporcito aromático, calientan las manos, y como si fueran un mate, propician la confidencia. La vieja, que en su juventud habrá sido osadamente confiada, relata su historia: “Yo no soy un arbolito. ¿Vio que hay que gente que junta estampillas, sobrecitos de azúcar o boletos capicúas? Bueno, yo colecciono dólares. Empecé hace mucho, con mi hermana, que ahora está postrada, y tenemos al menos uno de cada serie, y de muchas, tenemos los valores más corrientes; de 10, 50 y 100 dólares. Mire (y saca de su morral en bandolera una ajada carpeta de folios con fotocopias de su colección). ¿Ve? Serie A, B, C, CB... Suman 6.543 dólares. Este, por ejemplo, es uno de 20 del 2003; no hay muchos. Y bueno, los ofrezco a precio de colección, lógicamente: así como un filatelista vende sin que nadie se lo prohíba una estampilla inglesa de 50 chelines por 500 mil euros, yo vendo cada billete según una cotización que se rige por los mismos parámetros: rareza, oferta, demanda. Los guardo en ese banco…” Y señaló un mausoleo de acero y mármol.
Aguará-í
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